A todas las que no volveran

Introducción.

Más de doscientas mujeres francesas han desembarcado en Siria estos últimos años, atraídas por la promesa de una vida de acuerdo con los preceptos del Islam. Tienen entre 13 y 23 años, proceden de las clases medias francesas y han madurado su proyecto en el seno de su familia, entre la vuelta a casa de la escuela republicana y la cena familiar, pegadas a las pantallas de sus ordenadores. Allí, en la «web», hábiles ojeadores declarándose de la «oumma» (la comunidad de los creyentes musulmanes), ejercen un rapto mental que concluye con una conversión «on line» o un matrimonio por skype sin valor legal. La huida de la nueva reclutada no es más que un juego de niños, puesto que una menor puede circular libremente solo con su pasaporte. Además, ir de vacaciones a Turquía, con sus prestigiosos destinos de playa, es algo normal. Salvo que en la actualidad, los más de 800 kilómetros de frontera con Siria, a pesar de la construcción de 17 kilómetros de muro, de 145 kilómetros de trincheras, están envenenados. Pero estas mujeres, que nunca han vivido fuera, ignoran que han hecho el cambio en un mundo libre hiperconectado, con internet en el bolsillo, tiendas de telefonía y comisarías cada diez metros. Lo ignoran hasta su entrada en el califato. Al llegar, son despojadas de sus móviles y sus papeles y encerradas, a veces varias semanas seguidas, en el «maqab», lugar de concentración y de selección sin ninguna comodidad ni higiene, donde pasan hambre y de donde solo saldrán casadas. Bienvenidas al corazón del terror psíquico y de la total dependencia de Daesh.

Thérèse Fournier escribió este relato «A todas las que no volveran» con motivo de la publicación del libro electrónico de su novela, «2028», en Mirza Publishing

A todas las que no volverán…

La vendedora alza su rostro hacia mí y sonríe:

– Si son para la montaña, deberían ser una talla más grandes, por los calcetines gruesos…

De pie, miro las magníficas botas de senderismo beige claro en mis pies.

– Con el 38 vale…

– ¿Van de excursión? dice sacando la otra bota de la caja y señalando con el mentón a Mohammed mi marido que da un paseo, admirando sus botas chocolate.

Kenza y Ayoub, los niños, miran atentamente a sus padres:

– ¡Nosotros también queremos unos «papatos» nuevos»! dice Kenza.

– ¡Van a pasar unas magníficas vacaciones!

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«¡Vacaciones! «, las palabras de la vendedora resonarán durante mucho tiempo en mi cabeza. Hace muchos meses que las preparamos. Oficialmente, vamos de vacaciones a Grecia, con una oferta barata, en las Cícladas, las primeras vacaciones desde que Mohammed está en paro, justo antes de encontrar un nuevo trabajo de mantenimiento informático.

Grecia, entonces, Delos por las maravillas de la historia antigua. Una salida de vacaciones poco banal con un aire de no retorno, con el contrato de alquiler de un piso de una habitación sin rescindir, la guardería de Kenza avisada, Kenza iba a pasar unos meses con su abuela paterna en Túnez – las viejas costumbres, los viejos papeles, todo tirado, un poco de sentimentalismo por mis cursos de la oposición – sí, yo, Juliette-Marie, conseguí mi oposición en letras modernas en junio de 2014. ¿Y por qué no enseño? ¿Por qué en este curso 2014-2015 no he tomado el camino de una escuela secundaria pública para meterles en la cabeza a los preadolescentes la poesía de Ronsard y los relatos de Margarita de Navarra, la historia de Emma Bovary o la de Antígona? Porque mi gemela, mi otro yo, Sana el Jemaâ, mi nombre de musulmana, no está invitada a las clases, debo dejarla, debo dejarla en la puerta de la escuela, en la puerta de la clase, en la puerta de mi vida.

Hablamos con Mohammed y con las hermanas que viven el mismo calvario, en internet, de lo maravilloso que sería poder vivir con nosotros mismos en armonía, en un país en el que la ley divina fuera la de los hombres. Pero esta tierra prometida existe, es la tierra bendita del Sham en Siria a donde vamos a emigrar para vivir, nosotros y nuestros hijos, de acuerdo con nuestra religión, para consagrarnos a la causa de los musulmanes humillados del mundo entero y salvar a los huérfanos de Bachar.

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No obstante, con la decisión tomada, me siento muy frágil este viernes 15 de mayo de 2015, en la terminal 3 del aeropuerto Charles de Gaulle, la terminal de los vuelos chárter, sentada delante de la puerta de embarque del vuelo Onur Air número 8Q266 con destino a Antalya con transbordo en Estambul. Los niños están contentos por ir a «Grecia», cada uno lleva su pequeña mochila, rosa y de Pocahontas, el peluche, el chupete, el cochecito, dos «Tom-Tom y nana», dos chocolatinas BN. En mi bolso llevo cinco sándwiches – dos para Mohammed que tiene un gran apetito–, compotas, puré de castaña en tubo, leche concentrada. Ayoub está sentado en mis rodillas, Mohammed escribe mensajes en su iphone6 con carcasa de metal plateada, respondo distraídamente al Whatsapp de mi iphone6 rosa. La azafata tamborilea con los dedos delante de nuestros pasaportes abiertos, nos mira sonriendo (¡las familias siempre inspiran confianza!), nos pregunta no obstante por la vuelta… Mohammed dice que le entregarán el billete de vuelta en el hotel, en Antalya, otra sonrisa y caminamos por la pasarela móvil.

– ¡Mi mochila! lloriquea de pronto Kenza dándose la vuelta…

La vemos al otro lado de la pasarela, tan pequeña y tan rosa.

– No pasa nada, cariño. Te compraré diez como esa en el Sham…

Así es como comienzo mi proceso de mutación, creyendo que el Sham era un inmenso supermercado islámico verde y blanco. En realidad, el color que predomina es el negro, el negro del miedo, de la muerte y del sufrimiento.

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Siempre he preferido Turquía a Grecia. Digo riendo. Podemos hacer bromas, ¿no? Pero es cierto que en Turquía muchas mujeres llevan el pañuelo y me siento más como en casa. Para celebrar nuestra salida de Francia, nos damos el capricho de alojarnos en el hotel Akra Barut, décimo quinto piso, espléndidas vistas de la bahía de Antalya y los montes Tauro, pensión completa, durante el fin de semana. Mohammed pasa sus dos días en la suite familiar vaciando el frigorífico, le encanta la tele, le encanta zapear, le encantan las series americanas; yo en cambio me paso todo el tiempo en la playa, el agua no está muy caliente, pero mis vacaciones normandas me han hecho fuerte y los niños han heredado esa cualidad de mí, castillo de arena y baños fríos, les he comprado un kit de playa con cubo, regadera, pala y rastrillo, me siento salvajemente feliz y libre, con la promesa de no vivir más con la vergüenza de ser musulmana, de creer en Dios, de querer vivir con el pañuelo y no hacer como Katia, Farida, Chloé y todas las demás. En mis maletas llevo regalos para mis nuevas compañeras Fátima, Rachida, Houria, de Roubaix, Besançon, Lyon, Marsella, que han llegado antes que yo al Sham. Hablamos por internet, quieren que les lleve perfumes de Lancôme y sitars de colores, tengo una maleta llena para ellas.

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Hemos dejado nuestro hotel de lujo y hemos llegado hasta Alanya, a doscientos kilómetros al este, el Mediterráneo azul marino omnipresente. Terminadas las vacaciones, me pongo una chilaba y un pañuelo. Mohammed recibe un mensaje encriptado, debemos acudir a Gaziantep, a seiscientos kilómetros, siempre hacia el este. Nos montamos en un viejo autobús, la carretera está llena de baches y hace calor. En Alanya, Kenza ha tenido que separarse de su cubo rojo y está enfadada conmigo. He llenado las mochilas de Pocahontas con galletitas marilu turcas, cargo a cuestas con cuatro litros de agua. Mohammed se enfada conmigo por mi maleta, demasiado pesada, quiere que vacíe la mitad, me niego, es para mis amigas. El paisaje es cada vez más desértico, la barra del asiento me destroza los riñones, el sol desaparece del horizonte y la cobertura de mi iphone6 es mala, mierda de conexión, le estaba contando mis vacaciones en Grecia a mi hermana Chloé.

Es mediodía cuando el polvoriento autobús atraviesa los suburbios congestionados de Gaziantep y nos deja en la estación de autobuses en un guirigay de pasajeros con toscas chilabas y bolsas de plástico. Estoy exhausta, mi espejo de bolsillo me devuelve la imagen de una chica cansada, un pequeño toque de khôl bajo los ojos y ya tengo un aspecto más presentable. Kenza y Ayoub patalean, me muestran en la plaza un gigantesco Buho verde con alas metálicas rojas: la entrada del zoo, siempre he dicho que los niños tienen un sexto sentido. Vamos al zoo, quedamos en la parada de taxis, Mohammed espera un mensaje. Nos hacemos con un montón de palomitas, canguros, emúes, helado, jirafa, loros, cuando salimos Mohammed gesticula en la puerta de un taxi. Me acerco corriendo:

– ¡Te he estado llamando!

Miro mi móvil, sin cobertura.

– Un problema con mi tarifa internacional.

Marco el 700 de orange, 3 minutos de espera, no hay tiempo, dice Mohammed.

Gaziantep, la sexta ciudad más grande de Turquía, se extiende durante kilómetros con pequeños edificios de tres plantas, salpicados por aquí y por allá de parques de jacarandas, cipreses y pinos piñoneros. El taxi atraviesa la ciudad congestionada y se para delante del garaje de una calle desierta. Una camioneta sale marcha atrás, un tipo enorme se baja y nos pregunta la kounia – el apodo – de nuestro contacto. Abou Omar, dice Mohammed. Se aleja, pasa una llamada de verificación y nos dice que subamos. Ni calidez, ni interés en el trato. No somos turistas a los que contentar. Treinta minutos de camioneta hacia el sur, hacia Sanliurfa la gloriosa, en Anatolia, donde según la leyenda vivían Adán y Eva. Permanecemos en silencio, sumidos en una especie de inquietud frente a lo desconocido. Ni siquiera los niños se atreven a decir nada. Nos miran, interrogantes, sobre todo Kenza, muy cariñosa conmigo, olvidado ya el cubo rojo. Hace ya cinco días que hemos salido. Hasta ahora todo marcha bien, pero inevitablemente, al ritmo del teléfono que cada vez tiene menos señal, de los vehículos incómodos en los que nos vamos montando, del paisaje cada vez más árido, y de los rostros cerrados que nos rodean, vamos comprendiendo que está a punto de producirse un episodio irreversible en nuestro destino. Nos encontramos a solo unos kilómetros de la frontera siria. El conductor de detiene delante de la casa apenas terminada de construir de una zona urbanizada y sube nuestras maletas. Es miércoles 20 de marzo de 2015.

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Pasamos tres días en este último piso de la casa que huele a pintura y con cables que salen de las paredes, con cinco habitaciones, dos cuartos de baño con bañeras, una cocina con fogones y horno, y colchones por el suelo. Al menos hay electricidad y agua, aunque no agua caliente. El grupo heteróclito que nos acompaña tiene por único proyecto entrar en el Sham. Hay un irlandés con cara de leñador y su mujer, una pareja de tunecinos y su hijo, dos egipcios, una pareja de indios, un omaní, un niño de diez años, marroquí. Es decir, cuatro mujeres, siete hombres, cuatro niños, quince personas por alimentar mañana, tarde y noche, con la prohibición de salir. La vida se organiza en torno a los teléfonos móviles, ordenadores – no hay Wi-Fi – y la cocina, incluso hay música. Todas las mañanas, alguien nos trae cuatro bolsas de comida, una decena de panes, y las mujeres, mientras los hombres hablan en una mezcla de inglés, francés y árabe en el «salón», pelamos las verduras, cocemos el arroz, la pasta, las patatas, lavamos, ordenamos, aclaramos, incluso hacemos «turnos» para la colada, a mano, con posibilidad de colgar la ropa en la terraza. Reina un ambiente extraño, todos sentimos un nudo en el estómago, porque no sabemos nada de cómo es el otro lado. Solo sabemos que alguien vendrá a avisarnos un atardecer para pasar por la noche. No hay tiempo de decir «uf», demasiado trabajo para hacer que funcione el campamento. Durante los escasos momentos de relajación, nos enseñamos las fotos de lo que llamamos con naturalidad «nuestra casa», Hina, la india, Bombay, Katia, Glasgow, Rajah, Túnez y yo, Nanterre. Los niños van a jugar a la terraza, en el tejado. A pesar de la sorda inquietud, vivimos un poco de alegría, armonía. Quizás nos equivoquemos en hacerlo. Todavía no he solucionado el problema de mi tarifa internacional de orange. Por fin, el domingo 24 de mayo a las cuatro de la tarde nos comunican que estemos listos para las tres de la madrugada, y tras decir esto el hombre lanza en medio del salón un paquete diciendo «for women», son nuestros nicabs.

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La noche es clara, fresca, sin un soplo de aire con una magnífica luna creciente que desciende. A partir de ahora, todo lo que os voy a contar lo he visto bajo un nicab, una realidad rodeada de un marco rectangular de la que veo siempre, desde el interior, el límite. Dos camionetas nos esperan delante de la casa, somos rápidos y silenciosos, Mohammed y yo nos hemos puesto nuestras botas de senderismo, el equipaje es pesado, es una huida. Kenza y Ayoub van agarrados a mí, desde hace unos días Kenza quiere volver a casa, quiere ver a Françoise, su maestra, me acerco a Mohammed, uno de los conductores me para, «this car for women, this for men…».

Vamos a toda velocidad por un camino de tierra entre un terrible estruendo de chapas, proyectadas en todos los sentidos, los niños gimen, todo eso debe durar una hora, mi iphone que he puesto en un bolsillo ventral sobre el nicab marca las 4 de la mañana, sigo sin cobertura, cuando frenamos bruscamente en un descampado y bajamos todos. El día despunta al este, una delgada franja de luz azulea el horizonte que se va apoderando poco a poco de la bóveda celeste salpicada de estrellas. El conductor nos indica el sudeste y nos grita «run» run!» Y comienza la desbandada, arrastrando las maletas, tropezando con el suelo pedregoso, los niños gimen, las zarzas nos desgarran el nicab, corremos más de un kilómetro a través de zanjas profundas, esquivando alambradas. Hina se cae en una fosa y se rompe la pierna, por fin, nuestra tropa jadeante, sedienta se adentra en una maraña de zarzas, donde desaparece el camino. Al final, arriba con el sol ya bien alto, se alza la bandera negra atravesada con caracteres blancos del Estado islámico. Son las 6 de la mañana del 25 de mayo de 2015.

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Agotados y doloridos, Mohammed y yo subimos cada uno a nuestra furgoneta, yo con la maleta y los niños, él con los hombres, sin saber que era la última vez que nos veríamos. El conductor va armado. Por el reborde de las cortinas echadas del vehículo, veo que la carretera atraviesa los campos con campesinos trabajando y en todas partes hay guardas armados con metralletas en guardia, vestidos de negro. Al cabo de una hora entramos en una ciudad en ruinas, las calles desiertas, hombres, cubos de basura con las tripas abiertas, escombros en los canales, una rotonda con cabezas ensangrentadas en picas, le tapo los ojos a Kenza.

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El ruido, al principio es una increíble cacofonía de voces de mujeres y niños que llegan a mis oídos ante lo que parece ser un inmenso gimnasio con ventanas con barrotes. Katia, Raja y yo nos bajamos, a Hina la llevan directamente al hospital. En la entrada con la pintura descascarillada, cuatro nicabs sentados tras una mesa de formica nos dan la bienvenida. Es raro, lo a gusto que me sentía cuando me reunía con mis amigas con el nicab, era provocador, excitante, pero conocía sus caras, ahora unas formas negras que me hablan me desestabilizan. Solo unos ojos a los que aferrarse, es verdad que tienen poder, los ojos. Tenemos que dejar nuestros pasaportes y nuestros tesoros electrónicos, iphone, ordenador, tabletas, en las bandejas. Kenza ha dejado de preguntar por Françoise, pero ahora me mira con una insoportable mirada de reproche. Y nos sumergimos en el maqab y el hedor se apodera de mi nariz, mezcla de orina y sudor. Es como una estación de tren en un día de huelga, pero con mujeres con nicab negro y niños, todo el mundo apretujado, sentados en maletas, parloteando, voces que hablan, que gritan, que aúllan, los niños que juegan en el centro de todo y a la hora de la plegaria un guirigay indescriptible. Me coloco donde puedo. A intervalos regulares dicen un nombre y una chica sale con su maleta, animada por las demás. Me entero de que las nuevas reclutas llegan al maqab y solo salen para ser casadas de oficio con combatientes. Paso quince días en este infierno sin agua y sin aire, donde las colas se forman desde la mañana para dos letrinas turcas, donde se comparte una galleta entre diez y se sobrevive pensando que puede ser peor.

Al cabo de quince días me llaman llegado mi turno. He perdido diez kilos, me siento mal, Kenza y Ayoub están sucios y tienen la cara hundida. El comité de los nicabs me hace saber que mi marido está en un campo de entrenamiento. Figura en la lista de los futuros mártires y pronto irá a cometer un atentado a Francia. Es urgente, su pasaporte caduca en dos meses. Lo más probable es que sea la esposa de un mártir en septiembre, lo que me dará derecho a una pensión del estado y al estatus de viuda negra, a compartir con la segunda esposa de mi marido. Mohammed tiene una segunda esposa desde ayer. Pero la pensión no me servirá de nada. A partir de ahora, mis hijos estarán a cargo del orfanato 7. En efecto, debo recibir una formación intensiva, para un atentado que se va cometer en 2016, en Francia.

Thérèse Fournier

Marzo de 2016